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A finales del siglo XVIII Antioquia dejó de ser una provincia miserable y se convertió poco a poco en la más próspera del país. Entonces, reinaba un tal Mon y Velarde.
Cuando Juan Antonio Mon y Velarde llegó en 1785 a la provincia de Antioquia, apenas se empezaba a insinuar el impulso que habría de tomar Medellín. De hecho, tres poblaciones de similar tamaño competían por la primacía en ésta, quizás la más atrasada de las provincias del virreinato. A falta de otros indicadores económicos del nivel de desarrollo, se pueden utilizar los diezmos que cada una de estas tres villas remitían en esa época a la diócesis de Popayán. En el lapso de 1777 a 1778, de Medellín habían salido 6200 castellanos, Santa Fe de Antioquia -la capital- había remitido 6160, y Rionegro 6000. Antioquia era una provincia sui géneris. Doscientos años antes, y después de amargas disputas entre Jorge Robledo y Sebastián de Belalcázar, la provincia había obtenido la independencia administrativa de Popayán. Pero la dependencia eclesiástica -quizás más importante- se mantenía. Y todavía pasarían unos años antes de que le asignaran a Antioquia su primer obispo. Medellín ya era una villa de cierto tamaño; había según el censo de la época 14,500 habitantes, 18 por ciento de ellos blancos, 27 por ciento mestizos, 35 por ciento mulatos y 20 por ciento esclavos. A ese Medellín fue que llegó el "Regenerador de Antioquia": el oidor Juan Antonio Mon y Velarde. Este asturiano fue enviado por la Real Audiencia para solucionar los muchos problemas de una provincia que, a pesar de sus ricas minas de oro, no lograba salir de la miseria. Y el Visitador se tomó su trabajo en serio. Recio y trabajador, Mon y Velarde asumió la gobernación, recorrió a lomo de mula sus poblaciones y promulgó una serie de reformas monetarias, mineras y de tenencia de tierras, que tuvieron grandes repercusiones. Además de impulsar la creación de nuevas poblaciones (Yarumal, Carolina del Príncipe y San Carlos), también se lo recuerda por traer el anís a Antioquia. El Aguardiente Antioqueño debía, pues, dedicarle por lo menos una edición especial. Para Mon y Velarde la mística del trabajo era esencial; aquel que no se procuraba su propia subsistencia era -a más de inútil para su patria- un delincuente para la sociedad. Veamos el concepto, poco halagador a decir verdad, que tenía de los paisas el Visitador: "De aquí resulta que ni para sí ni para el Rey son útiles estos vasallos y muy perniciosos a la sociedad común, pues siendo ellos unos vagabundos, sin destino ni ocupación, no cuidan darles a sus hijos y dentro de poco tiempo será un enjambre de gentes sin Dios, sin Rey, ni religión." Los historiadores sitúan en la visita de Mon y Velarde a Medellín el quiebre histórico que habría de disparar a esta ciudad hacia los designios algo más elevados que le tenía marcado el destino. No todos, sin embargo, son benévolos con Mon y Velarde. Francisco Duque Betancourt, autor de la extensa Historia de Antioquia, lo ataca con señalamientos como su participación como juez en la condena a muerte de los líderes de la Rebelión de los Comuneros, o con el hecho de haber introducido los instrumentos de tortura a Antioquia. Mano firme y corazón entreabierto, parece que era su lema. Los paisas siempre se han quejado del centralismo bogotano. Cómo más se puede explicar que hasta la historia que se estudia en los colegios relegue a un segundo plano los hechos y personajes que han forjado a Antioquia. Vale rescatar, por ejemplo, que Antioquia, gobernada entonces por el momposino Juan del Corral, se mantuvo libre de esas querellas internas que el mismo Nariño bautizó como la "patria boba". Y vale tener también presente, porque no nos lo presentan así los libros de texto, que dos de los más grandes actores de la historia de Antioquia, el conquistador Jorge Robledo y el prócer de la Independencia José María Córdova, murieron ambos asesinados a órdenes de quienes habían sido sus respectivos jefes, amigos y confidentes. Con esos antecedentes de traición, entiende uno por qué un paisa sólo confía en sus congéneres. Por eso es que Pablo Escobar, Hernán Echavarría Olózaga (o Álvaro Uribe Vélez) han preferido rodearse sólo de paisas. Pero viéndolo bien, no es el centralismo el responsable de no reconocerle a la historia antioqueña el lugar que se merece. Los mismos paisas la ignoran; por lo menos los taxistas. En días pasados quise echarle un vistazo al olvidado busto del oidor Juan Antonio Mon y Velarde que algún alcalde erigió en la calle que lleva su nombre, en zona céntrica de Medellín. El taxista me miró inquisitivo cuando le pedí que me llevara a la carrera 41, "Mon y Velarde". La cara se le iluminó enseguida cuando me dice. ¡"Ah, usted quiere es ir a la calle del mono Abelardo"! Vea usted a dónde ha llegado su recuerdo.
Diego Andrés Rosselli / PORTAFOLIO |